Dicen que la vida está llena de hermosas casualidades y éste es uno de esos casos, en los que sin esperarlo, he tropezado de pleno con una experiencia enriquecedora y motivadora: Mi participación en el programa Diana en el CEIP Martínez Valls los días 4 y 5 de mayo.

El programa Diana pone en marcha una serie de actividades didácticas con la finalidad última de incentivar la presencia de niñas y jóvenes en las carreras tecnológicas, realizando intervenciones en los centros educativos en torno al Día Internacional de las Niñas en las TIC, que rompan con los estereotipos de género aprovechando el potencial de la programación para fomentar la creatividad, el desarrollo de pensamiento lógico y abstracto, el trabajo en equipo, o la resolución de problemas. El programa es del Instituto de la Mujer para la Igualdad de Oportunidades y está cofinanciado por el Fondo Social Europeo, desarrollándose en coordinación con los Organismos de Igualdad de las Comunidades Autónomas.

La semana pasada, el Instituto de la Mujer contactó con la empresa para la cual presto mis servicios profesionales (Gestiweb, S.L) para concretar la colaboración en el programa, casualidades de aquellas, justo había leído recientemente una publicación que hacía referencia al mismo programa y me emocioné al saber lo que yo podía aportar como mujer desde mi experiencia profesional.

El taller se llevó a cabo en las dos clases de cuarto primaria en el CEIP Martínez Valls de Ontinyent. El taller se desarrolla en tres partes: la primera parte es una serie de dinámicas con el objetivo de entender qué es la programación de forma sencilla y divertida; la segunda, experimentar con Scratch (lenguaje de programación) y la tercera, en la que intervine yo, era un espacio de diálogo, en el que interactué con los niños contándoles mi experiencia en el entorno tecnológico. Creo que tenía muchas cartas a favor, ya que el sólo hecho de romper con su rutina de estudio hace que, de alguna manera, los niños y niñas estén a la expectativa de lo que está por venir.

Me presenté y hablamos de muchas cosas. Les conté que había ido a la Universidad y que había estudiado una carrera en la que las mujeres somos minoría (Ingeniería de Telecomunicaciones). Les hablé de mi día a día, de que en mi trabajo soy la única mujer, de que en mi oficina el ambiente laboral es excelente pero que fuera de ella todavía tropiezo con hombres que se asombran al comprobar que mi trabajo es de análisis y programación y de que me gustaría que eso no pasara. Hablamos de la cada vez más omnipresencia de la tecnología en nuestras vidas y de la necesidad de adaptar las profesiones y oficios al desarrollo tecnológico. Hablamos de los roles y del trabajo en equipo, de las capacidades y de la independencia de género para desarrollarlas. Hablé de la aportación que como mujeres hacemos a la tecnología, creando un código más amable y cómo poco a poco incursionamos en un mundo “de hombres”. Porque eso nos querían hacer creer, que la ciencia y la tecnología era de hombres.

20 minutos no dan para mucho, así que muy ligeramente les conté quien era Margaret Hamilton, quien programó el Apolo para llevar la humanidad a la Luna, de las programadoras ENIAC y de Grace Hopper que creó el lenguaje COBOL, presente en la mayoría de software Bancario. Lamenté no haber podido tener más tiempo para contar más historias y plantear muchas otras cuestiones, y disfruté de la herencia docente que corre por mis venas. Hablamos de baile, de cocina, de entrenarse y trabajar tanto la mente, como el cuerpo. Hablamos de la apariencia y de cómo no debe afectar a nuestro desempeño profesional, que sólo debemos vestir con aquello que nos haga sentir bien. Imposible resumir.

Los niños con los que interactué tienen una ventaja social, ya que durante el diálogo comprobé que la mayoría de ellos en su casa tienen tabletas, móviles inteligentes, ordenadores y video juegos y en el aula de informática disponían de suficientes ordenadores y varios niños de la clase me contaron que habían hecho cursos de programación con legos, pero sabemos que ésta no es la realidad de todos los niños de España. Me llamó la atención que una niña me contara su experiencia en el curso de programación y lo que había conseguido. Sí, me llamo la atención porque aún vivimos en una sociedad en la que las niñas quieren ser princesas y no ingenieras, y en la que a mi hijo Martín le dicen que el ballet es para chicas y que las zapatillas de color rosa también.

Dentro de nuestra asociación en numerosas ocasiones hemos tocado el tema de la cosificacion del cuerpo femenino, de los roles de género y de cómo, como madres y padres, podemos y debemos cambiar nuestro entorno cambiando la educación de nuestros hijos. Queda mucho trabajo por delante, pero espero que mi pequeña aportación haya dejado alguna semilla para futuras profesionales o, simplemente, para mujeres seguras de que sus capacidades no serán menoscabadas por su género.

Gracias a las técnicos del Instituto de la Mujer por permitirme vivir esta experiencia, a mi jefe que me permitió disponer del horario de la jornada laboral para poder participar y a todos los niños que compartieron un ratito de su vida y de su hogar conmigo.

Ahora sólo queda continuar en el camino, para que estos talleres y programas no sean una excepción, para que en todos los centros públicos niños y niñas puedan acceder a clases de programación y descubrir nuevos mundos de creatividad y trabajo en equipo y afianzar sus capacidades independientemente de su género.

Maria Yulieth Peñuela Carvajal

 

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